
Los grupos literarios afirman la vocación de sus integrantes, pero también provocan recuerdos nostálgicos como este.
A los que sobrevivieron
Gracias a la acuciosidad y espíritu detectivesco del profesor Orlando Vargas y sus alumnos de Literatura del Instituto Indoamérica, acabo de acordarme, entre perplejo y conmovido por el paso del tiempo, que hace 25 años un grupo de estudiantes de Derecho de la UNT fundamos un grupo literario de corta vida, aunque de mucha intensidad.
Los diecinueve soñadores de entonces firmamos un acta, cual palurdos aventureros en busca del Oro de Indias, en la que constaban los cargos directivos de la flamante hermandad: Tierra firme, un nombre excesivo para tanto espíritu desordenado convocado para aquella ocasión. Nuestro mentor era el profesor Luis Cabos Yépez, a quien muchos recuerdan por sus sabios consejos y, sobre todo, por la generosidad con que nos prestaba los libros de su atiborrada biblioteca personal.
Gracias a Vargas y compañía he podido tener entre mis manos el acta de marras que, confieso, había olvidado como un trasto viejo en el baúl de mi memoria. El documento, en versión fotocopia, está lo suficientemente claro como para distinguir las firmas de los asistentes. Las rúbricas, a su vez, me han remitido de inmediato a los rostros y fachas ochenteras de esos aspirantes a poetas y narradores cuyas edades no sobrepasaban los 21 años. Eran los tiempos de Michael Jackson y la inflación galopante del primer belaundismo.
Poco después de ese sábado 14 de enero de 1984 (salpicado con algunas botellas de vino frente a la playa de Huanchaco, mentor incluido), algunos integrantes de Tierra firme elaboramos una declaración (Manifiesto contra el olvido, creo que se llamó) al estilo Hora Zero: «Nosotros, sobrevivientes planetarios, testigos del vértigo presente, declaramos, antes los que nos oyen o nos leen, nuestro más profundo desacuerdo con la realidad… ». Es el comienzo, lo que recuerdo digamos con exactitud. Luego seguía un tropel de palabras incendiarias y llenas de lirismo.
El colectivo estaba integrado por mujeres y hombres, la mitad de los cuales procedían de Piura, Chiclayo, Cajamarca, Chimbote y Lima. La otra mitad eran trujillanos cuyos padres, en algunos casos, tenían que ver con la carrera de Derecho. Cito los nombres por pura nostalgia: Domingo Varas, Frecia González, Anabel Burgos, Luis Eduardo García, Guillermo Rebaza, Luis Alberto Salazar, Carlos Prado, Jacqueline Sato, Elmer Zamora, Jacinta Madalengoitia, Víctor Pilco, Juany Solís, Rocío Rabines, Juan Salazar, Lupe Fernández, Estela Pacheco, Doris Sánchez, Percy Jara y Carmen Reyes.
Las creaciones de los «tierrafirmistas» se publicaban en una plaqueta llamada Parénthesis, que llegó a tener tres o cuatro números. Luego, con tardanza clamorosa, unos pocos de ellos editaron sus primeros libros. Una gran parte desertó o se escabulló por las rendijas del tiempo sin la menor explicación. Acto seguido, la supernova literaria se apagó para siempre, tras años luz de sueños, ilusiones y promesas gestadas en bares de mala muerte. Los integrantes terminaron de abogados, docentes, magistrados y, en algunos casos, de respetables padres de familia. A la mayoría, supongo, le quedó, por diversas razones, un sabor dulce y amargo a la vez. Cosas de juventud, podría decir alguien.
El diálogo que mantuve con los estudiantes del Indoamérica me ha servido no solo para evocar los gratos momentos compartidos con quienes tenían una frágil, relativa o férrea vocación literaria en los años ochenta. ¿Qué podían esperar de la vida, me pregunto ahora, unos muchachos clasemedieros que vivían en un país devastado por las bombas senderistas y estudiaban en una universidad pública donde campeaban las huelgas y el desorden? ¿Hasta qué punto esos espíritus alterados por el ímpetu contestatario de su primera juventud podían afirmar una aptitud para las letras y el arte en general? El tiempo, el implacable, el que pasó, como dice Pablo Milanés, se encargó de ubicar a cada uno en su rol social.
Tierra firme fue para mí una experiencia valiosa de la que rescato tres cosas esenciales: la alegría con que se le daba la espalda a la solemnidad, la seriedad con que se estudiaba una carrera con la que la mayoría no simpatizaba y el furor con que se leían libros cuando todavía no existía Internet. !Vaya manera de leer!. Ya quisiera yo ahora repetir esa experiencia con que nos pasábamos los libros de mano en mano luego de haberlos digerido con mucha prontitud.
Todo eso fue posible en un espacio y en un tiempo concretos: un campus inmenso, libre, lleno de vegetación, colmado por gente de todas las sangres y muy apropiado para el estudio; y unos años avivados por el fuego de la discusión ideológica y el amor/odio por el Perú.
Veinticinco años después, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
A los que sobrevivieron
Gracias a la acuciosidad y espíritu detectivesco del profesor Orlando Vargas y sus alumnos de Literatura del Instituto Indoamérica, acabo de acordarme, entre perplejo y conmovido por el paso del tiempo, que hace 25 años un grupo de estudiantes de Derecho de la UNT fundamos un grupo literario de corta vida, aunque de mucha intensidad.
Los diecinueve soñadores de entonces firmamos un acta, cual palurdos aventureros en busca del Oro de Indias, en la que constaban los cargos directivos de la flamante hermandad: Tierra firme, un nombre excesivo para tanto espíritu desordenado convocado para aquella ocasión. Nuestro mentor era el profesor Luis Cabos Yépez, a quien muchos recuerdan por sus sabios consejos y, sobre todo, por la generosidad con que nos prestaba los libros de su atiborrada biblioteca personal.
Gracias a Vargas y compañía he podido tener entre mis manos el acta de marras que, confieso, había olvidado como un trasto viejo en el baúl de mi memoria. El documento, en versión fotocopia, está lo suficientemente claro como para distinguir las firmas de los asistentes. Las rúbricas, a su vez, me han remitido de inmediato a los rostros y fachas ochenteras de esos aspirantes a poetas y narradores cuyas edades no sobrepasaban los 21 años. Eran los tiempos de Michael Jackson y la inflación galopante del primer belaundismo.
Poco después de ese sábado 14 de enero de 1984 (salpicado con algunas botellas de vino frente a la playa de Huanchaco, mentor incluido), algunos integrantes de Tierra firme elaboramos una declaración (Manifiesto contra el olvido, creo que se llamó) al estilo Hora Zero: «Nosotros, sobrevivientes planetarios, testigos del vértigo presente, declaramos, antes los que nos oyen o nos leen, nuestro más profundo desacuerdo con la realidad… ». Es el comienzo, lo que recuerdo digamos con exactitud. Luego seguía un tropel de palabras incendiarias y llenas de lirismo.
El colectivo estaba integrado por mujeres y hombres, la mitad de los cuales procedían de Piura, Chiclayo, Cajamarca, Chimbote y Lima. La otra mitad eran trujillanos cuyos padres, en algunos casos, tenían que ver con la carrera de Derecho. Cito los nombres por pura nostalgia: Domingo Varas, Frecia González, Anabel Burgos, Luis Eduardo García, Guillermo Rebaza, Luis Alberto Salazar, Carlos Prado, Jacqueline Sato, Elmer Zamora, Jacinta Madalengoitia, Víctor Pilco, Juany Solís, Rocío Rabines, Juan Salazar, Lupe Fernández, Estela Pacheco, Doris Sánchez, Percy Jara y Carmen Reyes.
Las creaciones de los «tierrafirmistas» se publicaban en una plaqueta llamada Parénthesis, que llegó a tener tres o cuatro números. Luego, con tardanza clamorosa, unos pocos de ellos editaron sus primeros libros. Una gran parte desertó o se escabulló por las rendijas del tiempo sin la menor explicación. Acto seguido, la supernova literaria se apagó para siempre, tras años luz de sueños, ilusiones y promesas gestadas en bares de mala muerte. Los integrantes terminaron de abogados, docentes, magistrados y, en algunos casos, de respetables padres de familia. A la mayoría, supongo, le quedó, por diversas razones, un sabor dulce y amargo a la vez. Cosas de juventud, podría decir alguien.
El diálogo que mantuve con los estudiantes del Indoamérica me ha servido no solo para evocar los gratos momentos compartidos con quienes tenían una frágil, relativa o férrea vocación literaria en los años ochenta. ¿Qué podían esperar de la vida, me pregunto ahora, unos muchachos clasemedieros que vivían en un país devastado por las bombas senderistas y estudiaban en una universidad pública donde campeaban las huelgas y el desorden? ¿Hasta qué punto esos espíritus alterados por el ímpetu contestatario de su primera juventud podían afirmar una aptitud para las letras y el arte en general? El tiempo, el implacable, el que pasó, como dice Pablo Milanés, se encargó de ubicar a cada uno en su rol social.
Tierra firme fue para mí una experiencia valiosa de la que rescato tres cosas esenciales: la alegría con que se le daba la espalda a la solemnidad, la seriedad con que se estudiaba una carrera con la que la mayoría no simpatizaba y el furor con que se leían libros cuando todavía no existía Internet. !Vaya manera de leer!. Ya quisiera yo ahora repetir esa experiencia con que nos pasábamos los libros de mano en mano luego de haberlos digerido con mucha prontitud.
Todo eso fue posible en un espacio y en un tiempo concretos: un campus inmenso, libre, lleno de vegetación, colmado por gente de todas las sangres y muy apropiado para el estudio; y unos años avivados por el fuego de la discusión ideológica y el amor/odio por el Perú.
Veinticinco años después, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.





