Friday, November 13, 2009

Vallejo en zapatillas


Un libro desconcertante de Jorge Díaz Herrera aborda el lado más desconocido que tenía el autor de Trilce: su humor.
La imagen que los peruanos tenemos de César Vallejo es la de alguien entumecido por el dolor, la tristeza y la soledad. Las fotografías que conocemos de él acentúan esta visión gris y, sobre todo, ensombrecen cualquier atisbo de humor o ironía que hayan tenido su obra y su vida.
La historia iconográfica del autor de Trilce incluye, sin embargo, un par de fotografías en las que este aparece en dos situaciones que escapan a la lógica. En una, fechada en 1918, el poeta adopta una postura simiesca; en la otra, en 1926, aparece con una sonrisa abierta y una copa en la mano haciendo salud a la posteridad.
Los biógrafos se refieren también a ciertas anécdotas que ilustran el profundo sentido del humor del que a veces hacía gala. Cuentan que en una ocasión, sus colegas profesores encontraron a Vallejo pensativo. «¿Qué pasa César?», le preguntaron. «Estoy muy preocupado, muy preocupado», contestó él. «¿Qué sucede?», volvieron a indagar. «Estoy pensando en la empresa que voy a montar con mi socio», dijo. «¿Y cuál es esa empresa?», inquirieron curiosos. «Pensamos sembrar arroz con pato», les contestó.
Otra anécdota es la que protagonizó con Alfonso de Silva, su entrañable amigo. Este tocaba violín en un restaurante parisino donde ganaba propinas con las que luego él y Vallejo tomaban algún aperitivo. Como el dinero obtenido no alcanzaba para mucho, el poeta solía exclamar mirando los platos vacíos: «¡Qué suerte la nuestra. Tener para abrir el apetito y no para cerrarlo!».
Pero así como algunos estudiosos han prestado atención al Vallejo sombrío; hay otros que han reparado en la visión risueña con que asumió la vida que le tocó vivir; o mejor dicho, comunicar. Si el humor es la manera de enjuiciar o comentar de manera cómica, ridícula o risueña la realidad, Vallejo es un poeta con gran sentido del humor. Un autor empeñado en demostrarnos que así fue es Jorge Díaz Herrera. Su libro El placer de leer a Vallejo en zapatillas (Editorial San Marcos y UCV, Trujillo, 2009) es una cruzada a favor de esta desconcertante visión sobre César Vallejo.
¿Qué propone en su libro Jorge Díaz Herrera? Primero, creo, desterrar el viejo dogma de que el mayor poeta peruano fue un ser sin alegría y, sobre todo, un autor que escribía exclusivamente sobre el dolor humano, visión que en lugar de ayudarlo a vincularse con nuevos lectores ha contribuido más bien a ahuyentarlos. Y, segundo, proponernos, con argumentos sólidos y ejemplos abundantes, que Vallejo era un eximio artista de la ironía, ese filudo cuchillo de la inteligencia que nos permite burlarnos con fineza y de manera disimulada.
Díaz Herrera sostiene, amparándose en Juan Larrea, que el humor de Vallejo es del género chaplinesco: «Es el humor que estremece de ternura, de desolación, que mediante la risa da mucho que pensar y mucho que sentir». Pero, ojo, no se trata de un humor mecánico o superficial. Se trata más bien, dice el autor de El placer de leer a Vallejo en zapatillas de «expresiones de significado incluso alegre; humano, humanísticamente risueño, revistiéndose de una irónica ternura, un sentido de humor muy personal, agudo».
El libro consta de tres partes. En la primera, El humor en la poesía de César Vallejo, mediante un enjundioso ensayo Díaz Herrera nos demuestra que el humor — que proviene en su mayoría de la sabiduría popular— es una faceta escondida que nos ayuda a entender cabalmente la poética de César Vallejo. En la segunda, Encuentros, la medular del libro, analiza versos entresacados de la poesía de este y los conecta con notas explicativas que destacan situaciones, impulsos, trazos sicológicos y huellas absurdas, ridículas o risueñas que convierten al poeta no solo en un maestro de la ironía, sino también en atento observador del lado luminoso de la vida. En la tercera, reúne los poemas de Vallejo citados parcialmente en la segunda parte. El placer de leer a Vallejo en zapatillas es, con toda seguridad, una de las contribuciones más anti solemnes, amenas y divertidas sobre un poeta que escribió— he ahí la paradoja— una obra poética fundamentada en la melancolía, el dolor y la ausencia.

Monday, November 02, 2009

La tierra prometida


Los grupos literarios afirman la vocación de sus integrantes, pero también provocan recuerdos nostálgicos como este.

A los que sobrevivieron

Gracias a la acuciosidad y espíritu detectivesco del profesor Orlando Vargas y sus alumnos de Literatura del Instituto Indoamérica, acabo de acordarme, entre perplejo y conmovido por el paso del tiempo, que hace 25 años un grupo de estudiantes de Derecho de la UNT fundamos un grupo literario de corta vida, aunque de mucha intensidad.
Los diecinueve soñadores de entonces firmamos un acta, cual palurdos aventureros en busca del Oro de Indias, en la que constaban los cargos directivos de la flamante hermandad: Tierra firme, un nombre excesivo para tanto espíritu desordenado convocado para aquella ocasión. Nuestro mentor era el profesor Luis Cabos Yépez, a quien muchos recuerdan por sus sabios consejos y, sobre todo, por la generosidad con que nos prestaba los libros de su atiborrada biblioteca personal.
Gracias a Vargas y compañía he podido tener entre mis manos el acta de marras que, confieso, había olvidado como un trasto viejo en el baúl de mi memoria. El documento, en versión fotocopia, está lo suficientemente claro como para distinguir las firmas de los asistentes. Las rúbricas, a su vez, me han remitido de inmediato a los rostros y fachas ochenteras de esos aspirantes a poetas y narradores cuyas edades no sobrepasaban los 21 años. Eran los tiempos de Michael Jackson y la inflación galopante del primer belaundismo.
Poco después de ese sábado 14 de enero de 1984 (salpicado con algunas botellas de vino frente a la playa de Huanchaco, mentor incluido), algunos integrantes de Tierra firme elaboramos una declaración (Manifiesto contra el olvido, creo que se llamó) al estilo Hora Zero: «Nosotros, sobrevivientes planetarios, testigos del vértigo presente, declaramos, antes los que nos oyen o nos leen, nuestro más profundo desacuerdo con la realidad… ». Es el comienzo, lo que recuerdo digamos con exactitud. Luego seguía un tropel de palabras incendiarias y llenas de lirismo.
El colectivo estaba integrado por mujeres y hombres, la mitad de los cuales procedían de Piura, Chiclayo, Cajamarca, Chimbote y Lima. La otra mitad eran trujillanos cuyos padres, en algunos casos, tenían que ver con la carrera de Derecho. Cito los nombres por pura nostalgia: Domingo Varas, Frecia González, Anabel Burgos, Luis Eduardo García, Guillermo Rebaza, Luis Alberto Salazar, Carlos Prado, Jacqueline Sato, Elmer Zamora, Jacinta Madalengoitia, Víctor Pilco, Juany Solís, Rocío Rabines, Juan Salazar, Lupe Fernández, Estela Pacheco, Doris Sánchez, Percy Jara y Carmen Reyes.
Las creaciones de los «tierrafirmistas» se publicaban en una plaqueta llamada Parénthesis, que llegó a tener tres o cuatro números. Luego, con tardanza clamorosa, unos pocos de ellos editaron sus primeros libros. Una gran parte desertó o se escabulló por las rendijas del tiempo sin la menor explicación. Acto seguido, la supernova literaria se apagó para siempre, tras años luz de sueños, ilusiones y promesas gestadas en bares de mala muerte. Los integrantes terminaron de abogados, docentes, magistrados y, en algunos casos, de respetables padres de familia. A la mayoría, supongo, le quedó, por diversas razones, un sabor dulce y amargo a la vez. Cosas de juventud, podría decir alguien.
El diálogo que mantuve con los estudiantes del Indoamérica me ha servido no solo para evocar los gratos momentos compartidos con quienes tenían una frágil, relativa o férrea vocación literaria en los años ochenta. ¿Qué podían esperar de la vida, me pregunto ahora, unos muchachos clasemedieros que vivían en un país devastado por las bombas senderistas y estudiaban en una universidad pública donde campeaban las huelgas y el desorden? ¿Hasta qué punto esos espíritus alterados por el ímpetu contestatario de su primera juventud podían afirmar una aptitud para las letras y el arte en general? El tiempo, el implacable, el que pasó, como dice Pablo Milanés, se encargó de ubicar a cada uno en su rol social.
Tierra firme fue para mí una experiencia valiosa de la que rescato tres cosas esenciales: la alegría con que se le daba la espalda a la solemnidad, la seriedad con que se estudiaba una carrera con la que la mayoría no simpatizaba y el furor con que se leían libros cuando todavía no existía Internet. !Vaya manera de leer!. Ya quisiera yo ahora repetir esa experiencia con que nos pasábamos los libros de mano en mano luego de haberlos digerido con mucha prontitud.
Todo eso fue posible en un espacio y en un tiempo concretos: un campus inmenso, libre, lleno de vegetación, colmado por gente de todas las sangres y muy apropiado para el estudio; y unos años avivados por el fuego de la discusión ideológica y el amor/odio por el Perú.
Veinticinco años después, nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

¿El fin de la historia?


La adictiva saga Millenium llega a su fin. ¿Superará alguien a Stieg Larsson, autor de la serie de novela negra mejor escrita en los últimos diez años?
La historia, además de larga, es adictiva. El campanazo fue Los hombres que no amaban a las mujeres, luego siguió la vibrante revelación de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y ahora llega la cereza que corona el pastel: La reina en el palacio de las corrientes de aire (Destino, Bogotá, 2009), el tercer libro que cierra la saga protagonizada por los entrañables Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander.
La historia escrita por Stieg Larsson comenzó como un hecho aislado y ahora resulta una maquinación que compromete el destino de la democracia sueca. La telaraña se ha tejido de a pocos y el eje central es siempre Lisbeth Salander, la hacker en la que se difuminan los límites entre el delito y la legalidad.
En la primera historia, el nervio motor es el descubrimiento que hacen los personajes principales del asesino en serie Martin Verger; en la segunda, el hallazgo de la verdadera identidad de Alexander Zalachenko; y en la tercera, la resurrección de la escurridiza hacker y la verdad sobre las oscuras razones por la que los ex aliados de Zalachenko arman un complot contra ella. Esta tercera novela es más extensa que las anteriores, pero sobre todo es una obra maestra de arquitectura literaria. Destinos, nombres, roles, documentos, afectos y casualidades se cruzan progresivamente en episodios cortos en los que Larsson, con la complicidad ansiosa del lector, hilvana una estructura colmada de secretos e intrigas.
En realidad, en las dos primeras entregas los protagonistas se enfrentan a asesinos concretos, ahora luchan contra un poder abstracto que utiliza a la Justicia y al Estado para ocultar sus bajos intereses y destruir a quienes se oponen a este propósito. Esto define, de alguna manera, la concepción literaria de Larsson: escribir una historia de más de dos mil páginas con el objetivo de realizar una descripción del mundo social donde se origina el delito.
En La reina en el palacio de las corrientes de aire, el autor sueco reitera con gran maestría las técnicas y procedimientos de la novela negra que, por momentos, cedieron a la monotonía en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Esta habilidad es, a todas luces, la primera explicación de por qué su literatura ha conseguido en el mundo entero un gran nivel de lectoría.
La segunda explicación, según mi entender, es el acierto en la construcción de los personajes, con quienes sus seguidores establecen rápidamente, según sea el caso, relaciones de afecto o rechazo. Por un lado, hay gente outsider como Lisbeth Salander y sus amigos de Hacker Republic; y por otro, individuos provistos de una moral que desafía abiertamente a los poderes político y económico (Erika Berger, Mikael Blomkvist). Hay también una especie de seres retorcidos a la que pertenecen sujetos como Zalachenko o el siquiatra Teleborian, un pedófilo al servicio de las fuerzas del mal, así como los cómplices que los acompañan en la destrucción sistemática de Lisbeth Salander.
Una tercera explicación es la manera en que los personajes de su novelística se vinculan con la tecnología y la sensibilidad del mundo posmoderno. Si los géneros policial y negro enfatizaban el uso de la inteligencia como un arma formidable para desentrañar los acertijos del crimen, en la narrativa de Larsson es la informática y sus beneficios comunicacionales (el ICQ y el teléfono móvil o las redes sociales en general) lo que resuelve todos los misterios. Internet es así el espacio donde se difumina la división entre el bien y el mal y el lugar donde mejor se acomoda la ambigüedad moral que muestran los personajes cuando van en pos del placer y la verdad.
La reina en el palacio de las corrientes de aire es un libro estupendo, aunque depositario de una gran frustación: el fin de la serie Millenium. Sus lectores ya no podemos imaginar siquiera lo que seguirá después ¿O sí?

Wednesday, September 30, 2009

Cueto en el Club del Libro


El miércoles 7 de octubre, los integrantes del Club de Libro, bajo mi modesta guía, analizarán la novela El susurro de la mujer ballena de Alonso Cueto, uno de los narradores peruanos más importantes del momento. Será en el café bar “Angelmira", más conocido como el “bar de Gerardo Chávez”
o “el bar del Museo del Juguete” (esquina de Junín con Independencia), a las 8 pm,
en el tercer salón.

El susuro de la mujer ballena se publicó por primera vez en el sello Planeta en el 2007.
Con ella, Alonso Cueto fue finalista del Premio Planeta-Casa de América de ese mismo año.
Cuenta la historia de Verónica, una periodista de prensa escrita, quien se reencuentra un día en un avión con Rebeca, su ex compañera de colegio, una gorda amargada por su deformidad y por las burlas de que fuera objeto en la niñez. En un principio, todo parece un encuentro casual, pero luego Verónica se da cuenta que Rebeca la persigue. No sabe por qué, solo es consciente que la persecución alcanza ribetes tragicómicos. Alonso Cueto da rienda suelta de un exquisito talento
para el relato veraz, ligero, que se va cosiendo a puntadas intermitentes y acompasadas.
El libro logra seducirnos y atraparnos a un ritmo intenso, del mismo modo que arrastrarnos tras el destino insidioso de dos mujeres extrañas con la fuerza envolvente que únicamente los buenos narradores saben utilizar.

Los interesados pueden escribir a: nataliehookerm@hotmail.com.

Los esperamos.

Friday, September 25, 2009

Vallejo en inglés


Una rigurosa traducción al idioma de Shakespeare hecha por Clayton Eshleman catapulta la poesía de César Vallejo a la universalidad.
Era extraño, por decir lo menos. Hasta el 2007, la poesía completa de César Vallejo no había sido traducida todavía al inglés. Existían versiones parciales de la obra al idioma de Shakespeare, pero nada más.
¿Vallejo no estaba traducido íntegramente al idioma más universal de todos? Aunque suene raro otra vez, no. Es verdad que el autor de Trilce tenía traslaciones de toda su obra poética al francés, al italiano y, si mal no recuerdo, al ruso. Vallejo brillaba por su ausencia en la lingua franca. Esto sin duda iba en desmedro de la divulgación mundial de uno de los poetas más geniales de la lengua castellana.
Felizmente hace dos años, University of California Press publicó en edición bilingüe (inglés y español) César Vallejo, The Complete Poetry (César Vallejo, La poesía completa) en traducción de Clayton Eshleman, quien dedicó casi 48 años de su vida a esta empresa.
Valgan verdades, la de Clayton Eshleman no es la única traducción al inglés. El mismo año, 2007, según acabo de enterarme, Michael Smith y Valentino Gianuzzi publicaron el tercer tomo de la poesía completa del peruano: The Black Heralds and Other Early Poems. Los dos primeros volúmenes tenían los siguientes títulos: The Complete Later Poems y Trilce, ambos editados el 2005 y 2006 respectivamente. Es decir, el 2007 los versos de César Vallejo ganaron por partida doble su derecho a ser leídos en un idioma que traspasa fácilmente las fronteras.
La traducción de Eshleman, sin embargo, ha sido calificada como “brillante”, opinión que no es compartida por un purista como Marco Aurelio Denegri. Lo cierto es que la publicación previa de los poemas póstumos de Vallejo que él tradujo recibió el prestigioso National Book Award en 1979, lo cual dice mucho de su trabajo. César Vallejo, The Complete Poetry tiene un prólogo de Mario Vargas Llosa (cuya predilección por Vallejo yo desconocía hasta ahora), una introducción de Efraín Cristal y una cronología de Stephen M. Hart.
Traducir al autor de Poemas humanos debe ser una labor titánica. «Vallejo posee una mente compleja. Muchas veces parece incongruente. Utiliza permanentemente arcaísmos y neologismos, palabras intencionadamente mal escritas, así como estructuras sintácticas distorsionadas y cambios en las funciones gramaticales de las palabras. Mi método de trabajo ha sido no interpretar su poesía sino traducirla: buscar equivalentes en inglés para todo aquello que he mencionado antes, incluyendo los neologismos. Las palabras más difíciles son aquellas donde la escritura incorrecta provoca un juego de sentidos. Por ejemplo en Trilce XI, en la frase “rebocados sepulcros", Vallejo escribe mal "revocados" para traer a colación "bocados". Entonces yo traduzco eso como "bitewashed sepulchers" para lograr un equivalente del juego verbal ("bocados" traducido como "boca llena", "snack" o "mordida")», confesó hace poco Clayton Eshleman en una entrevista.
¿Cuál es el beneficio que recibe César Vallejo con la traducción de Eshleman (y, por añadidura la de Michael Smith y Valentino Gianuzzi)? Aparte de su mayor difusión en escenarios angloparlantes, varias muy importantes: un mayor interés por su biografía literaria, más lectores comunes y corrientes, su valor en relación con otros poetas afines y, sobre todo, su consagración como un poeta de poetas.
Tengo desde hace unos días entre mis manos el libro bilingüe (de presentación impecable) y no puedo dejar de fascinarme ante los versos de Vallejo en inglés (esos que toda la vida hemos leído en castellano peruano), como por ejemplo: «My father is asleep. His august face/ expresses a peaceful heart; / he is now so sweet./ if there is anything bitter in him, it must be me. / There is no loneliness in the house; there is prayer;/ and no news of the children today./ My father stirs, sounding/ the flight into Egypt, the styptic farewell./ He is now so near;/ if there is anything distant in him, it must be me.» («Mi padre duerme. Su semblante augusto/ figura un apacible corazón;/ está ahora tan dulce.../ si hay algo en él de amargo seré yo./ Hay soledad en el hogar; se reza;/ y no hay noticias de los hijos hoy./ Mi padre se despierta, ausculta/ la huída a Egipto, el restañante adiós./ Está ahora tan cerca;/ si hay algo en él de lejos, seré yo»).
La poesía peruana le debe mucho a Eshleman por esta traducción, le debe, además, las gracias por haber llamado la atención sobre algo que concierne directamente a los vallejólogos: «Es una vergüenza que ningún estudioso peruano haya escrito una biografía de Vallejo». ¿Quién acusa recibo del envío?

Friday, September 18, 2009

El regreso de Lisbeth Salander (2)


El crimen de un periodista y una fiscal devuelve a escena a Lisbeth Salander, la antiheroína de la saga Millenium de Stieg Larsson, el autor sueco que murió antes de alcanzar la fama literaria.
Una de las características de la novela negra es el manejo eficiente de la ley del interés; es decir, la destreza con que se resuelve el conflicto (coexistencia de tendencias contradictorias capaces de generar angustia e incertidumbre), la tensión (estado anímico de excitación, impaciencia, esfuerzo o exaltación), el suspenso (duda o miedo del lector acerca del resultado de la intención de un personaje) o el enigma (sentido artificiosamente encubierto para que sea difícil entenderlo e interpretarlo, de modo que mantenga al lector en estado de curiosidad ).
El desarrollo de las mencionadas estrategias narrativas cuyo fin es captar la atención de lector llega a su punto máximo cuando el narrador logra el ímpetu, el relajamiento, la liberación o la explicación en favor de la mente ansiosa que sigue la historia. Esto es, sin duda, lo que consigue Stieg Larsson a lo largo de todo el relato en Los hombres que no amaban a las mujeres, primer volumen de la saga Millenium. En la segunda entrega, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Destino, Bogotá, 2009, 749 pp.), la ley del interés se concentra en el último tramo de la novela a un ritmo trepidante y colmado de giros inesperados en la vida de los personajes.
Lisbeth Salander, la antiheroína, la hacker escurridiza, por quien Mikael Blomkvist logró descubrir el paradero de Harriet Vanger y la naturaleza criminal de Martin Vanger, reaparece en escena y polariza los acontecimientos. La novela se abre con una escena/prólogo escabrosa: una niña de trece años está amarrada con correas de cuero a una cama. Lleva más de cuarenta días a merced de su captor, un depravado sexual que disfruta de la situación. La narración principal se alterna con una voz en primera persona que expresa el deseo de rociar de gasolina al torturador para prenderle después fuego con una cerilla. Esta escena introductoria es clave, pues allí están las pistas que nos conducirán luego a los ejes narrativos de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina: el pasado de Lisbeth Salander y la identidad de Zala, un asesino cubierto con un aura de misterio, tanto que su existencia es puesta en duda todo el tiempo.
Desde el capítulo 1 hasta el capítulo 23 más o menos, la historia discurre con cierta lentitud. En este largo tramo nos enteramos que la Salander vacaciona en el Caribe, allí evita un crimen y comete otro. Luego regresa a Estocolmo, donde un par de asesinos a sueldo contratados por Nils Burjman, el administrador de sus bienes que la ha violado un par de veces, la busca para acabar con su vida.
Mientras tanto, a Milenium, la revista que dirigen Mikael Blomkvist y Erika Berger, ha llegado un nuevo periodista para ofrecer una investigación bomba que puede remover los cimientos del mundo judicial y policial de Suecia. Se trata de Dag Svenson, quien junto a su mujer, la fiscal Mia Bergman, ha conseguido llegar al cogollo de traffficking; es decir, el tráfico de personas asociado al comercio sexual. La revista se dispone a publicar un reportaje y un libro sobre el asunto, lo cual en cierta forma se ve truncado por el asesinato de la pareja de esposos a manos de las mismas personas que buscan a Lisbeth Salander para matarla: el gigante rubio Ronald Niedermann y el sicario Magge Lundin. A ellos se enfrentan también con éxito la lesbiana Miriam Wu y el boxeador Paolo Roberto, amigos ocasionales de la protagonista principal de la novela.
Para develar el móvil que provocó la muerte del periodista y la fiscal, la policía sueca monta un gran aparato de investigación y, como no obtiene resultados positivos, asume que Lisbeth Salander, cuyas huellas aparecen el arma homicida, es la principal sospechosa. Mikael Blomkvist está convencido de la inocencia de su antigua camarada (asunto que logra demostrar más adelante), por esta razón inicia una investigación por su cuenta y descubre que tras los asesinatos se encuentra el fantasma Zala y ex agentes del servicio secreto sueco. Descubre, además, que la verdadera identidad del tipo es Alexander Zalachenko y que entre este, Lisbeth Salander y el gigante rubio Ronald Niedermann hay un parentesco consanguíneo y un pasado común. Estas revelaciones ocurren seguidas, a toda marcha, mientras las balas zumban y los homicidios se suceden unas tras otro. Es el momento en que, efectivamente, la novela se vuelve una adicción.
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, según Vargas Llosa, tiene una estructura desmañada, pero funciona en un su objetivo: entretener al lector. Algunos críticos la han calificado como frívola, machista y carente de valores. Lo cierto es que se trata de un thriller que coge por el cuello a los lectores, que está bien escrito —sin llegar a ser sobresaliente— y nos sumerge con facilidad en su telaraña de acciones. Creo, entre otras cosas, que la novela ha sido tan bien recibida por los lectores debido a la extraordinaria construcción de un personaje inolvidable como Lisbeth Salander, mujer menuda y débil en quienes los lectores creemos ver a la única justiciera capaz de pararle los machos a los malvados del nuevo milenio.

Friday, September 11, 2009

Último encuentro con MAC


El mítico creador de los Cuadernos Trimestrales de Poesía acaba de fallecer. Nunca, como ahora, la muerte se nos revela más absurda que nunca.
El nombre de Marco Antonio Corcuera vuelve otra vez a instalarse en mi mente, semanas después de haber escrito sobre sus 92 años dedicados a la poesía. El legendario creador de los Cuadernos Trimestrales de Poesía y el concurso El poeta joven del Perú acaba de marcharse de este mundo.
Lo conocí cuando yo tenía 21 años, un día de noviembre de 1985. Fui a su vieja oficina del edifico de la Beneficencia Pública de Trujillo para entregarle los originales de mi libro Dialogando el extravío. Tras la entrega, me convertí automáticamente en uno de los competidores del famoso concurso poético que él había creado en los años 60 y que había consagrado, en su primera versión, a Javier Heraud y César Calvo.
MAC me recibió con mucha amabilidad. Recuerdo nítidamente que se despidió de mí extendiéndome la mano y alentándome con una frase que resultó premonitoria. “Ojalá gane. Le deseo mucha suerte, jovencito”, me dijo.
Un mes después de ese encuentro, volví a visitarlo, esta vez como ganador. Era el 31 de diciembre de ese mismo año. En el pasillo me encontré casualmente con los poetas limeños Fernando Obregón Rossi y Juan Carlos de la Fuente Umetsu, quienes habían quedado finalistas en el certamen. Ellos estaban acompañados por los todavía desconocidos Eduardo Adrianzén y Mario Bellatín.
Luego de las presentaciones informales, pasamos a la oficina del poeta, quien nos recibió otra vez con mucha amabilidad. Muy cortés, nos invitó a todos a tomar un lonche en su casa. Acudimos al día siguiente en fila india y llenos de expectativa. El maestro nos agasajó con panetón, chocolate, vino y algo de pavo. Después, nos condujo a su biblioteca y nos mostró, lleno de orgullo y regocijo, los famosos Cuadernos Trimestales de Poesía que le habían dado fama como editor.
Qué envidia. MAC conservaba también en su archivo los manuscritos de Javier Heraud, César Calvo, Luis Hernández y Juan Ojeda. Y, lo más extraordinario, en los tomos encuadernados de su mítica revista tenía estampadas las dedicatorias y firmas de Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Octavio Paz, Juan Gonzalo Rose y un sinnúmero de poetas de todas partes del mundo cuyos nombres no recuerdo muy bien. Sé que eran los más célebres. Ocurre que en sus constantes viajes a congresos y conferencias, MAC llevaba en su maleta los tomos encuadernados de la revista para que los más selectos creadores de la poesía hispanoamericana dejaran allí grabados sus recuerdos.
A esa rica y reputada biblioteca que tenía en el segundo piso de su casa de Santa Inés volví unas cuantas veces más. La última vez que fui allí fue para hacerle una entrevista con motivo de sus 82 años. Respondió las preguntas de mi cuestionario con la sabiduría de un budista y la emoción de un poeta que ama la naturaleza. Le tengo cariño a esa conversación porque nunca nadie me había contestado con tanta sinceridad. Además, aquella vez planeamos realizar un encuentro de todos los ganadores –la mayoría vivos, salvo Javier Heraud y Manuel Ibáñez Rossaza- del concurso El poeta joven del Perú. Cada vez que me lo encontraba por la calle o en la presentación de algún libro volvíamos a conspirar. Claro, nunca lo hicimos. Creo que nos encantaba fingir que eso era posible. Digo fingir, porque ya para entonces MAC era un promotor solitario. La clase política celebraba su labor cultural, pero no le prestaba verdadero apoyo.
La penúltima vez que subí a su biblioteca fue en 1995, vez en que integré el jurado de la última edición de El poeta joven del Perú. MAC no quería que su hijo muriera y batalló incansablemente para que alguien tomara la posta. Los otros miembros del jurado eran Francisco Paredes Carbonell y Adolfo Alva Lescano. Yo entonces tenía 31 años y era sin duda un advenedizo entre aquellos hombres de gran experiencia. La deliberación fue, sin embargo, encantadora. La discusión se matizó con dos botellas whisky que MAC extrajo con cierto misterio de un compartimiento de su escritorio. A la una de la mañana más o menos ya teníamos al ganador: Enrique Hulerig. Este recibió la noticia por teléfono. Se lo comunicó el mismo MAC. ¿A cuántos jóvenes llamó él por más de treinta años para decirles que habían ganado el Concurso? Disfrutaba en dar las buenas nuevas. Hasta ahora tengo en mi mente su sonrisa de satisfacción cuando se lo dijo a Hulerig.
En los últimos meses he vuelto a ver a MAC dos veces. Una con ocasión de la condecoración que le otorgó el Canciller de la República. Y la segunda, el jueves, en medio de flores y una inmensa tristeza. Adiós, MAC. Que sigas con la poesía, donde estés o donde vayas.
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LEYENDA. 2001. MAC lee un texto en la presentación del libro "El guardián del hielo" de José Watanabe. El autor de la nota es el primero de la izquierda.

Sunday, September 06, 2009

Los crímenes del no amor (1)


Un periodista busca resolver con la ayuda de una hacker un misterio que lleva 40 años. Lo cuenta Stieg Larsson en Los hombres que no amaban a las mujeres, una novela negra sin precedentes.
La novela que tiene como móvil principal el crimen se suele dividir en subtipos como la novela policial o detectivesca y la novela negra. En el primer caso, los autores desarrollan historias donde lo principal es la resolución de un caso por un detective o investigador. En el segundo, resolver el misterio de un crimen no es lo relevante, sino más bien realizar una descripción del mundo social donde se origina el delito. Por esta razón, esta clase de novelas presentan a menudo ambientes oscuros (negros) y asfixiantes y sus personajes son seres decadentes ganados por la ambición, el odio o el poder.
El más antiguo de los géneros es el policial. Se podría decir que nace en el siglo XIX, en Inglaterra, con Edgar Allan Poe, se enriquece con Arthur Conan Doyle, Agatha Cristhie y Gorge Simenon y llega hasta nuestros días casi bajo el mismo formato. El género negro, en cambio, es más tardío; comienza a principios del siglo XX en EE. UU. y tiene como figuras señeras a dos novelistas extraordinarios: Dashiell Hammett y Raymond Chandler.
Una serie de autores modernos han continuado la tradición iniciada por ingleses y norteamericanos, especialmente autores nórdicos como Stieg Larsson, cuyo estupenda novela Los hombres que no amaban a las mujeres (Ediciones Destino, Bogotá, 2009) ha batido récords de ventas y lectoría.
Larsson vivió apenas 50 años. Un fulminante ataque cardíaco acabó con su vida en el 2004, días después de que entregara a su editor sueco su trilogía Millenium, cuyo primer libro es el mencionado Los hombres que no amaban a las mujeres. Se trata de un escritor sorprendente, puesto que su principal actividad era el reporterismo de guerra. Su breve biografía nos revela que escribía sus novelas por las noches y en el más absoluto secreto. Años después, Larsson resulta un autor póstumo al que ahora todos quieren leer. Está claro que al margen del éxito comercial que lo acompaña, su novelística tiene un gran valor tanto por el manejo de las técnicas y los procedimientos narrativos como por el entramado argumental y el lenguaje con el que narra una historia llena de sorpresas. El libro es un híbrido en el que convergen los géneros negro y policial con extraordinarios resultados.
Esta extensa novela tiene tres momentos cumbres. El primero de ellos es protagonizado por Mikael Blomkvist, un periodista económico, director de la prestigiosa revista de investigación Millenium. Este invierte mucho tiempo en investigar el fraude de Hans-Erik Wennerström, pero es traicionado por uno de sus colaboradores y termina sentenciado por difamación. Blomkvist es un hombre honesto que no teme meter sus narices en el poder, igual que Erika Berger, quien es al mismo tiempo su co-directora, su amante y su amiga.
Tras el traspiés con el caso Wennerström, Mikael Blomkvist es contactado por Henrik Vanger, ex-director de la Corporación Vanger, un importante grupo económico sueco. Este empresario le solicita sus servicios para que lo ayude a dar con el paradero de Harriet Vanger, una sobrina suya desaparecida cuarenta años atrás en extrañas circunstancias. El tipo sospecha que ha sido asesinada por un miembro de su familia y quiere averiguar de quién se trata. El periodista duda en aceptar, pero luego cede y se traslada a Enhestad, al norte de Estocolmo, donde debe realizar las investigaciones. Acepta en realidad porque Henrik Venger le promete darle pruebas contra Wennerström, cosa que después no cumple. Para sacar adelante su investigación, contrata mediante un tercero a Lisbeth Salander, una hacker e investigadora privada mezcla de “emo” y “subte” incapaz de aceptar el amor. La Salander es un torbellino en la red informática, pero es un barco frágil de papel a la hora de aproximarse a alguien. La actuación de este personaje es el segundo momento cumbre de la historia.
Con la ayuda de Lisbeth Salander y, sobre todo, con su penetrante inteligencia y perspicacia, Mikael Blomkvist descubre, poniendo en riesgo su propia vida, que Martin Vanger, el presidente de la Compañía, es un asesino en serie de mujeres a las que tortura y mata por desamor, por incapacidad sentimental. En un principio, Blomkvist piensa que Martin Vanger ha ejecutado a su hermana Harriet. Sin embargo, poco a poco llega a armar el rompecabezas: Harriet no está muerta ni ha sido asesinada por Martin. Ella vive refugiada hace cuarenta años en Canberra, Australia, donde es una próspera empresaria de ovejas. Huyó a ese país con la ayuda de otra hermana para evitar las violaciones sistemáticas de su padre y su hermano. La historia toma aquí un giro espectacular. Entonces hace su aparición Harriet, quien regresa a Hedestad y toma las riendas de la Compañía. Este es el tercer gran momento de la trama. Pero falta algo todavía, una estocada final a cargo de Lisbeth Salander. Ella, que ama a Martin Blomkvist, decide hacerle un regalito extra: rastrea con un software especial las cuentas de Wennerström, saca una cantidad respetable de dinero de ellas y luego las vuelve públicas. Blomkvist aprovecha esta información y escribe un reportaje demoledor. Wennerström termina aesinado y el director de Millenium recupera su credibilidad periodística. La novela concluye cuando Lisbeht Salander comprende que se ha quedado sola otra vez.Es así como empieza esta magnífica saga, una incursión fascinante en el mundo del crimen y la derrota moral que continuaré comentando con más detalles conforme vaya terminando de leer los tomos siguientes.