
Un libro desconcertante de Jorge Díaz Herrera aborda el lado más desconocido que tenía el autor de Trilce: su humor.
La imagen que los peruanos tenemos de César Vallejo es la de alguien entumecido por el dolor, la tristeza y la soledad. Las fotografías que conocemos de él acentúan esta visión gris y, sobre todo, ensombrecen cualquier atisbo de humor o ironía que hayan tenido su obra y su vida.
La historia iconográfica del autor de Trilce incluye, sin embargo, un par de fotografías en las que este aparece en dos situaciones que escapan a la lógica. En una, fechada en 1918, el poeta adopta una postura simiesca; en la otra, en 1926, aparece con una sonrisa abierta y una copa en la mano haciendo salud a la posteridad.
Los biógrafos se refieren también a ciertas anécdotas que ilustran el profundo sentido del humor del que a veces hacía gala. Cuentan que en una ocasión, sus colegas profesores encontraron a Vallejo pensativo. «¿Qué pasa César?», le preguntaron. «Estoy muy preocupado, muy preocupado», contestó él. «¿Qué sucede?», volvieron a indagar. «Estoy pensando en la empresa que voy a montar con mi socio», dijo. «¿Y cuál es esa empresa?», inquirieron curiosos. «Pensamos sembrar arroz con pato», les contestó.
Otra anécdota es la que protagonizó con Alfonso de Silva, su entrañable amigo. Este tocaba violín en un restaurante parisino donde ganaba propinas con las que luego él y Vallejo tomaban algún aperitivo. Como el dinero obtenido no alcanzaba para mucho, el poeta solía exclamar mirando los platos vacíos: «¡Qué suerte la nuestra. Tener para abrir el apetito y no para cerrarlo!».
Pero así como algunos estudiosos han prestado atención al Vallejo sombrío; hay otros que han reparado en la visión risueña con que asumió la vida que le tocó vivir; o mejor dicho, comunicar. Si el humor es la manera de enjuiciar o comentar de manera cómica, ridícula o risueña la realidad, Vallejo es un poeta con gran sentido del humor. Un autor empeñado en demostrarnos que así fue es Jorge Díaz Herrera. Su libro El placer de leer a Vallejo en zapatillas (Editorial San Marcos y UCV, Trujillo, 2009) es una cruzada a favor de esta desconcertante visión sobre César Vallejo.
¿Qué propone en su libro Jorge Díaz Herrera? Primero, creo, desterrar el viejo dogma de que el mayor poeta peruano fue un ser sin alegría y, sobre todo, un autor que escribía exclusivamente sobre el dolor humano, visión que en lugar de ayudarlo a vincularse con nuevos lectores ha contribuido más bien a ahuyentarlos. Y, segundo, proponernos, con argumentos sólidos y ejemplos abundantes, que Vallejo era un eximio artista de la ironía, ese filudo cuchillo de la inteligencia que nos permite burlarnos con fineza y de manera disimulada.
Díaz Herrera sostiene, amparándose en Juan Larrea, que el humor de Vallejo es del género chaplinesco: «Es el humor que estremece de ternura, de desolación, que mediante la risa da mucho que pensar y mucho que sentir». Pero, ojo, no se trata de un humor mecánico o superficial. Se trata más bien, dice el autor de El placer de leer a Vallejo en zapatillas de «expresiones de significado incluso alegre; humano, humanísticamente risueño, revistiéndose de una irónica ternura, un sentido de humor muy personal, agudo».
El libro consta de tres partes. En la primera, El humor en la poesía de César Vallejo, mediante un enjundioso ensayo Díaz Herrera nos demuestra que el humor — que proviene en su mayoría de la sabiduría popular— es una faceta escondida que nos ayuda a entender cabalmente la poética de César Vallejo. En la segunda, Encuentros, la medular del libro, analiza versos entresacados de la poesía de este y los conecta con notas explicativas que destacan situaciones, impulsos, trazos sicológicos y huellas absurdas, ridículas o risueñas que convierten al poeta no solo en un maestro de la ironía, sino también en atento observador del lado luminoso de la vida. En la tercera, reúne los poemas de Vallejo citados parcialmente en la segunda parte. El placer de leer a Vallejo en zapatillas es, con toda seguridad, una de las contribuciones más anti solemnes, amenas y divertidas sobre un poeta que escribió— he ahí la paradoja— una obra poética fundamentada en la melancolía, el dolor y la ausencia.
La imagen que los peruanos tenemos de César Vallejo es la de alguien entumecido por el dolor, la tristeza y la soledad. Las fotografías que conocemos de él acentúan esta visión gris y, sobre todo, ensombrecen cualquier atisbo de humor o ironía que hayan tenido su obra y su vida.
La historia iconográfica del autor de Trilce incluye, sin embargo, un par de fotografías en las que este aparece en dos situaciones que escapan a la lógica. En una, fechada en 1918, el poeta adopta una postura simiesca; en la otra, en 1926, aparece con una sonrisa abierta y una copa en la mano haciendo salud a la posteridad.
Los biógrafos se refieren también a ciertas anécdotas que ilustran el profundo sentido del humor del que a veces hacía gala. Cuentan que en una ocasión, sus colegas profesores encontraron a Vallejo pensativo. «¿Qué pasa César?», le preguntaron. «Estoy muy preocupado, muy preocupado», contestó él. «¿Qué sucede?», volvieron a indagar. «Estoy pensando en la empresa que voy a montar con mi socio», dijo. «¿Y cuál es esa empresa?», inquirieron curiosos. «Pensamos sembrar arroz con pato», les contestó.
Otra anécdota es la que protagonizó con Alfonso de Silva, su entrañable amigo. Este tocaba violín en un restaurante parisino donde ganaba propinas con las que luego él y Vallejo tomaban algún aperitivo. Como el dinero obtenido no alcanzaba para mucho, el poeta solía exclamar mirando los platos vacíos: «¡Qué suerte la nuestra. Tener para abrir el apetito y no para cerrarlo!».
Pero así como algunos estudiosos han prestado atención al Vallejo sombrío; hay otros que han reparado en la visión risueña con que asumió la vida que le tocó vivir; o mejor dicho, comunicar. Si el humor es la manera de enjuiciar o comentar de manera cómica, ridícula o risueña la realidad, Vallejo es un poeta con gran sentido del humor. Un autor empeñado en demostrarnos que así fue es Jorge Díaz Herrera. Su libro El placer de leer a Vallejo en zapatillas (Editorial San Marcos y UCV, Trujillo, 2009) es una cruzada a favor de esta desconcertante visión sobre César Vallejo.
¿Qué propone en su libro Jorge Díaz Herrera? Primero, creo, desterrar el viejo dogma de que el mayor poeta peruano fue un ser sin alegría y, sobre todo, un autor que escribía exclusivamente sobre el dolor humano, visión que en lugar de ayudarlo a vincularse con nuevos lectores ha contribuido más bien a ahuyentarlos. Y, segundo, proponernos, con argumentos sólidos y ejemplos abundantes, que Vallejo era un eximio artista de la ironía, ese filudo cuchillo de la inteligencia que nos permite burlarnos con fineza y de manera disimulada.
Díaz Herrera sostiene, amparándose en Juan Larrea, que el humor de Vallejo es del género chaplinesco: «Es el humor que estremece de ternura, de desolación, que mediante la risa da mucho que pensar y mucho que sentir». Pero, ojo, no se trata de un humor mecánico o superficial. Se trata más bien, dice el autor de El placer de leer a Vallejo en zapatillas de «expresiones de significado incluso alegre; humano, humanísticamente risueño, revistiéndose de una irónica ternura, un sentido de humor muy personal, agudo».
El libro consta de tres partes. En la primera, El humor en la poesía de César Vallejo, mediante un enjundioso ensayo Díaz Herrera nos demuestra que el humor — que proviene en su mayoría de la sabiduría popular— es una faceta escondida que nos ayuda a entender cabalmente la poética de César Vallejo. En la segunda, Encuentros, la medular del libro, analiza versos entresacados de la poesía de este y los conecta con notas explicativas que destacan situaciones, impulsos, trazos sicológicos y huellas absurdas, ridículas o risueñas que convierten al poeta no solo en un maestro de la ironía, sino también en atento observador del lado luminoso de la vida. En la tercera, reúne los poemas de Vallejo citados parcialmente en la segunda parte. El placer de leer a Vallejo en zapatillas es, con toda seguridad, una de las contribuciones más anti solemnes, amenas y divertidas sobre un poeta que escribió— he ahí la paradoja— una obra poética fundamentada en la melancolía, el dolor y la ausencia.





